

En producción animal medimos prácticamente todo: GMD, índice de conversión, tasa de partos, mortalidad, consumos, uso de antimicrobianos… porque sabemos que lo que medimos podemos comparar, seguir en el tiempo y utilizar para tomar decisiones.
En bioseguridad, sin embargo, todavía trabajamos muchas veces con una lógica más binaria: ¿existe cuarentena?, ¿se lavan los vehículos?, ¿hay protocolo de visitas?, ¿se trata el agua?
Todo esto es necesario. Pero podemos ir bastante más lejos.
El nuevo capítulo general de bioseguridad de WOAH refuerza precisamente un enfoque basado en riesgo, monitorización y evaluación de la implementación, el cumplimiento y la efectividad de las medidas.
Una forma práctica de llevarlo a granja sería trabajar con tres familias de KPIs:
• KPIs de EXPOSICIÓN: entradas de reposición/100 cerdas-año; animales por entrada; intervalo entre introducciones; número y diversidad de orígenes; % de entradas multiorigen; % de visitantes con contacto reciente con otros centros; % de vehículos con visitas previas a otras granjas; movimientos contra flujo/100 movimientos. Incluso podemos calcular exposición ponderada por riesgo, para no considerar igual todas las entradas, o analizar la conectividad de personas y vehículos en sistemas multisite.
• KPIs de PERFORMANCE DE LAS BARRERAS: % de ciclos de lavado + desinfección + secado completamente conformes; % de ciclos con concentración y tiempo de contacto correctos; fiabilidad de la barrera —cuántas veces funciona correctamente cuando la necesitamos—; tiempo fuera de especificación; tiempo desviación→corrección; CV de homogeneidad del pienso; carry-over; uptime del tratamiento del agua; % de muestras conformes en el punto final de consumo.
• KPIs INDIRECTOS DE RESULTADO: incidencia clínica/1.000 animales-día; mortalidad frente al baseline de la propia granja; desviaciones del consumo de agua o pienso; abortos y repeticiones frente al nivel esperado; uso de antimicrobianos por fase; % de resultados diagnósticos inesperados; seroconversiones; tiempo señal→diagnóstico y tiempo señal→acción.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia mucho la información disponible.
No es lo mismo decir: “el agua está tratada”, que saber:
“el sistema estuvo dentro de especificación el 99,4% del tiempo y el 96% de las muestras terminales fueron conformes”.
Ni es lo mismo saber que entraron 500 nulíparas durante el año que saber si llegaron en 5 o en 20 introducciones, de uno o varios orígenes y con qué intervalo entre entradas.
Esto no significa que 20 entradas impliquen automáticamente cuatro veces más riesgo. El riesgo depende del estatus sanitario, transporte, cuarentena, personas, vehículos y de la eficacia de las barreras.
Pero disponer de esos KPIs permite plantear decisiones concretas:
• ¿Compensa aumentar la capacidad de cuarentena para concentrar entradas?
• ¿Debemos reducir el número de orígenes?
• ¿Dónde está fallando realmente el proceso de L+D?
• ¿Cuánto tiempo permanecemos sin la protección esperada?
• ¿Estamos detectando y corrigiendo las desviaciones suficientemente rápido?
Scollo et al. ya plantearon la utilidad de complementar las medidas de bioseguridad con indicadores sanitarios y biológicos; trabajos posteriores sobre movimientos de personal y monitorización digital muestran además que parte de esta exposición puede medirse objetivamente.
El objetivo, por tanto, no debería ser generar más datos ni otro score.
No medir por medir. Medir aquello que puede cambiar una decisión.
Quizá la siguiente evolución de la bioseguridad sea gestionarla con la misma disciplina cuantitativa con la que ya gestionamos producción, reproducción, sanidad y nutrición.
¿Qué KPI de bioseguridad cambiaría hoy una decisión real en vuestra granja?



